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AUTONOMÍAS, UTOPÍAS, DISTOPÍAS: LA UNIVERSIDAD DE LOS LLANOS COMO CASO


Héctor Rolando Chaparro Hurtado.

Profesor Universidad de los Llanos


Los actuales son tiempos de campaña. Democracia electoral, según los analistas: esa forma del espacio público que adquiere proporción y color en pos del voto convincente, de la palabra amiga, de la mirada que le apuesta a un futuro no muy cierto, cada vez más inalcanzable; de la esperanza por el cambio que nunca llega o la promesa tardía. Eso dicen las pantallas, las voces de la calle, el diálogo ciudadano, las piezas publicitarias que en Villavicencio se reproducen con la velocidad del vértigo y que afean la ciudad (a propósito: ¿qué pasó con el control a la congestión visual?)


Democracia en el ambiente: ¿Darío?, ¿Lucas?, ¿Marcela?, ¿Hernán? Así, con confiancita, con la seguridad de la clientela que desea compadrazgo, pero también con el apoyo para cuando, gracias mi doctor, el voto sea refrendado con la dádiva o con el cargo tan seriamente esperado. ¿Fernando?, ¿Wilmar?, los más seguros. Y los otros… ¿quién se acuerda de los otros? Ese loquito de buenas intenciones al que seguro no le alcanza, la dama que es la voz del pueblo que es la voz de un dios que es el pueblo mismo y ella misma, que es ubicuo y omnipotente, que es alfa y omega; el esperanzado de siempre que lo intenta nuevamente.


Y junto a ellos, luego de ellos, antes y después de ellos, legiones, cientos, miles de candidatos y candidotes a legislar esta porción de Estado en la ciudad capital, en los pequeños municipios, en los corregimientos, en las comunas, en las juntas… democracia, en fin, a flor de piel y a flor de labios.


La democracia en su más pragmática pulsión: lejos de sus formas más deliberativas (la referencia a Habermas es obligatoria), lejos de los formatos que apelan al universalismo de raigambre moderna (que recobra a Kant pero también su ropaje ilustrado), lejos de la urgente democracia radical que contrarresta aquella intención de imponernos formas únicas de abordar la naturaleza de la democracia moderna, que impide establecer las condiciones de un consenso “racional”, que desactiva el antagonismo potencial que existe en las relaciones sociales, y con ello, con la supresión del antagonismo y su remplazo por el agonismo: el enemigo travestido en adversario y viceversa, y con ello la redefinición de una cultura propiamente democrática.


Pero esta democracia, en cualquiera de esas múltiples variantes, conlleva su necesario correlato: autonomía, regulación propia, mayoría de edad, modernidad, uso público de la razón propia, respeto por la ajena.


La pregunta salta, persistente: ¿es la Universidad de los Llanos una institución autónoma? ¿Podemos hablar de autorregulación en una institución acompasada por el silencio, por los registros más burocráticos y clientelistas, por el “eso no es conmigo”, por el corporativismo, por la acción simulada? ¿Hacemos razón pública con esa perorata incomprensible que anuncia delirios jurídicos y amenaza cataclismos y censuras? “A la Universidad se ingresa; de la Universidad no se sale nunca”, advertía Zuleta.

Lo que significa, sin más, la enorme responsabilidad que como universitarios nos convoca en esta nueva oportunidad: marcar el paso, señalar rutas convincentes para salir de este atolladero, recuperar de la memoria (esa otra forma tan cercana del olvido), señalar a los culpables, abominar todas las formas de exclusión, construir confianza, motivar la acción y la reflexión, robustecer las polifonías locales. Comprender, interrogar, pensar.


Tarea harto difícil si nos atenemos a la más dura y evidente realidad de nuestra querida institución, amenazada por la clientela y la burocracia, por la racionalidad tecnocrática del formato y la casilla, por la pereza y la modorra, por el carácter corroído de sus integrantes, por su falta de visión, por su provincianismo. Y por la inexplicable ausencia de Humanidades (así, con mayúsculas, pero también con las minúsculas), de un discurso que interpele esta sospechosa realidad desde una lógica otra diferente a la del lucro, el retorno financiero o la empresa-Estado, tan proclive al desprecio por lo público y tan afecta la instrumentalización y el despojo.


Va siendo hora de un despliegue, en vísperas del postacuerdo (que no postconflicto pues alguien recuerda: el conflicto siempre va a existir), de un más sincero debate de ideas que despercuda a Unillanos de su corteza nomotécnica y que le permita otras voces y otros ámbitos que recuperen el sentido de la polis, pero también del polémos.


Y en ese mismo sentido anterior se deben ubicar las luchas por la igualdad en el mundo doméstico, individual, que persiguen los sujetos como efecto de los procesos de burocratización y mercantilización de las sociedades y que han generado toda suerte de manifestaciones, movimientos y acciones en pro de la igualdad en una suerte de “revolución democrática” (derechos de minorías éticas y sexuales, derecho ambiental, derecho a la cultura, ampliación de libertades democráticas, etc.) a la que debe seguir, según Laclau, una verdadera demanda por la libertad que garantice la radicalización y pluralización de la democracia.



He ahí una tarea digna de ser asumida, pero que cada vez se antoja más lejana.

Verada Barcelona, septiembre de 2015





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